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Las tres cerditas

Las tres cerditas ( 7 de agosto, 2008, a las 23:29) lo escribí para Silvia Virseda y Natalia Domínguez que son las cerditas 2 y 3 del cuento.
Había una vez tres cerditas amigas,je je je,bueno unas más que otras.
La primera cerdita era muy nerviosa, impaciente y optimista, también algo descuidada. Lo quería todo y lo quería ahora, le gustaban las cosas fáciles, era muy confiada y poco previsora. Nunca tenía un euro y casi siempre tenía que pedir prestado a sus otras amigas.
La segunda cerdita era muy alegre y sociable, hablaba con todo el mundo (incluidos gusanos, babosas y toda clase de cerdos) ponía mucho empeño en las cosas, le gustaba la montaña y era fácil encontrarla allí, ayudando a solucionar algún problema a alguien.
La tercera cerdita, era más bien un poco sería, muy responsable y con grandes dotes para la comunicación y el liderazgo, deseaba que las cosas fueran siempre como a ella le gustaba.
Un buen día dando un paseo y después de mucho caminar, las tres cerditas llegaron a un precioso valle donde había mucha comida, el sol brillaba, etc…vamos un sitio genial para vivir y claro, cada cerdita se puso a construir su casita.
La cerdita número 1, vio toda la vida que se extendía a su alrededor, había tantas cosas por hacer de modo que rápidamente se construyo una simple choza de paja y se fue a disfrutar de todas aquellas maravillas, la verdad que no era muy confortable pero era verano y para el tiempo que pasaría allí que más le daba.
La segunda cerdita algo más precavida, corto árboles y se hizo con más trabajo y esfuerzo una cabañita muy mona, le llevo unos meses pero le merecía la pena.
La tercera se hizo un plano, compró materiales y comenzó su casa de ladrillo, piedrita a piedrita, la fue construyendo, día a día, sin prisa sobre una base sólida mientras que las otras dos cerditas jugaban alegremente.
Un mal día, el río se desbordó y como la cerdita número 1 era muy vaga, había construido su casa justo en la orilla del río como para no tener que ir muy lejos a por el agua. Este se la llevó de largo….la cerdita se quedó llena de barro mientras intentaba salvar su casa y allí se quedo retozando en el barro (después de todo era una cerda).
La segunda cerdita estaba tan tranquila cuando un rayo cayo sobre su casa y esta empezó a arder (tuvo suerte de no quedar como la cena de navidad)salió corriendo y se fue corriendo a las montañas donde la esperaban sus amigos.
La tercera cerdita por fin había terminado su casita y pudo pasar un buen invierno, con chimenea y todo, sin contratiempos, de modo que un día un Babe muy guapo llamo a su puerta ( es un decir, más bien como la tía perra no salía mucho lo conoció por internet pero eso es otra historia )
Moraleja:
A todo se acaba acostumbrando uno, hasta el fango.
Los amigos siempre estarán ahí (aunque a veces se comporten como cerdos, jejeje es broma)
La perseverancia, la paciencia, la constancia, el trabajo duro son la base de todo ( y la suerte que tiene la cabrona de dar siempre con lo que quiere)
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Sobre un reloj parado: nuestro modo de percibir el tiempo y como conectamos con lo que nos rodea.

Giovanni Papini “El reloj parado a las 7”

“En una de las paredes de mi cuarto hay colgado un hermoso reloj antiguo que ya no funciona. Sus manecillas, detenidas desde casi siempre, señalan imperturbables la misma hora: las siete en punto.

Casi siempre, el reloj es sólo un inútil adorno sobre una blanquecina y vacía pared. Sin embargo, hay dos momentos en el día, dos fugaces instantes, en que el viejo reloj parece resurgir de sus cenizas como un ave fénix.

Cuando todos los relojes de la ciudad, en sus enloquecidos andares, y los cucús y los gongs de las máquinas hacen sonar siete veces su repetido canto, el viejo reloj de mi habitación parece cobrar vida. Dos veces al día, por la mañana y por la noche, el reloj se siente en completa armonía con el resto del mundo.

Si alguien mirara el reloj solamente en esos dos momentos, diría que funciona a la perfección… Pero, pasado ese instante, cuando los demás relojes callan su canto y las manecillas continúan su monótono camino, mi viejo reloj pierde su paso y permanece fiel a aquella hora que una vez detuvo su andar.

Y yo amo ese reloj. Y cuanto más hablo de él, más lo amo, porque cada vez siento que me parezco más a él.

También yo estoy detenido en un tiempo. También yo me siento clavado e inmóvil. También yo soy, de alguna manera, un adorno inútil en una pared vacía.

Pero disfruto también de fugaces momentos en que, misteriosamente, llega mi hora.

Durante ese tiempo siento que estoy vivo. Todo está claro y el mundo se vuelve maravilloso. Puedo crear, soñar, volar, decir y sentir más cosas en esos instantes que en todo el resto del tiempo. Estas conjunciones armónicas se dan y se repiten una y otra vez, como una secuencia inexorable.

La primera vez que lo sentí, traté de aferrarme a ese instante creyendo que podría hacerlo durar para siempre. Pero no fue así. Como mi amigo el reloj, también se me escapa el tiempo de los demás.

Pasados esos momentos, los demás relojes, que anidan en otros hombres, continúan su giro, y yo vuelvo a mi rutinaria muerte estática, a mi trabajo, a mis charlas de café, a mi aburrido andar, que acostumbro a llamar vida.

Pero sé que la vida es otra cosa.

Yo sé que la vida, la de verdad, es la suma de aquellos momentos que, aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía del universo.

Casi todo el mundo, pobre iluso, cree que vive.

Solo hay momentos de plenitud, y aquellos que no lo sepan e insistan en querer vivir para siempre, quedarán condenados al mundo del gris y repetitivo andar de la cotidianidad.

Por eso te amo reloj. Porque somos la misma cosa tú y yo.

Decicado a Andrea, nuestra relación da saltos en el tiempo pero cuando estamos juntos me siento como si siempre fueran las 7.