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Campo de Trabajo: Torres Atalaya de Montefrío

Durante 15 días, en el verano de 2008, en una rotonda de acceso al pueblo de Montefrío (Granada)  un grupo de jóvenes provenientes de distintos puntos de España nos convertimos en peones de construcción, bajo las  órdenes de un albañil local y el arqueólogo Rafael Pedregosa Megías, construimos una reproducción  de una antigua “Torre Atalaya”. Para devolverle a este pueblo un trozo de su pasado.

En la época musulmana se construyeron estas torres como sistema de defensa y comunicación. Durante la noche un fuego permanecía encendido en lo más alto de la torre y si era necesario se enviaban señales de una torre a otra.

Nuestra réplica de Torre Atalaya constaba con unas dimensiones más reducidas pero usamos los materiales de la zona. Transportábamos las piedras en carretillas, hacíamos la mezcla para el cemento, nos subíamos al andamio o hacíamos de aguadores, bajo un sol de justicia.

Nos hacían madrugar pero merecía la pena levantarse y disfrutar de un estupendo desayuno en comunidad preparado por cocineras del pueblo.

Quizá fuese porque hablábamos el mismo idioma o porque no aspiramos que llegará hasta el cielo, por lo que conseguimos levantar nuestra torre.  No ocurrió como en la bíblica torre de babel,  y trabajo en equipo y el entusiasmo fueron nuestros cimientos.

Cuando volví a casa tuve la sensación de haber hecho algo grande, después de todo lo habíamos construido con nuestras propias manos.

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Pero nuestro campo de trabajo arqueológico no consistió solo en la construcción de la Torre, también realizamos una maqueta a escala en la que nos ayudó Eli Cano, hicimos juegos, prospecciones arqueológicas sobre todo en busca de restos de cerámica, una visita la Iglesia de la Encarnación en Montefrío  (única en su género con una gran bóveda redonda)

Visitamos también un yacimiento romano en Almedinilla donde nos ofrecieron una cena espectáculo al estilo de la antigua roma: comida en hojas de parra, vino caliente, bailarines. Todos estábamos ataviados con túnicas y coronas de laurel en la cabeza.

Fue una experiencia irrepetible que le recomiendo a quien quiera conocer otras realidades en España y otras culturas.

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